Criterios para el diseño
Cuando se diseña un sistema
electoral es mejor empezar con una lista de criterios que comprendan lo que se
quiera lograr, lo que se quiera evitar y, en un sentido amplio, el tipo de ejecutivo
y de legislativo que se desea. Los criterios que se refieren a continuación
cubren muchas áreas, pero la lista no es exhaustiva y el lector puede agregar
otros igualmente válidos. También es cierto que algunos de los criterios
esbozados se traslapan y pueden parecer contradictorios; esto ocurre porque a
menudo lo son: es consustancial al diseño institucional que se tengan que
buscar puntos de conciliación entre distintos deseos y objetivos. El proceso de diseño se trata con mayor
profundidad en las secciones Proceso de cambio y Consejos para
los diseñadores de sistemas electorales.
Por ejemplo, se puede querer dar la
oportunidad a candidatos independientes de ser elegidos y, al mismo tiempo,
fomentar un sistema sólido de partidos políticos. O bien, el diseñador de
sistemas electorales puede pensar que es conveniente modelar un sistema que le
ofrezca al elector un amplio rango de opciones para señalar sus preferencias
entre partidos y candidatos, pero esto puede propiciar que se utilice una
papeleta de votación muy complicada que le cause dificultades a los electores
con menor escolaridad. La clave para seleccionar (o reformar) un sistema
electoral es darle prioridad a los criterios que son más importantes y luego
evaluar cuál sistema electoral facilita el alcance de esos objetivos.
Brindar representación
La representación puede tomar al
menos cuatro formas.
- La primera es la representación geográfica, la cual implica que cada
región, sea un distrito electoral, una provincia o una ciudad, cuente con
miembros en la legislatura que esa misma región elija y que en última instancia
sean responsables de rendirle cuentas a sus electores.
- Segunda, las divisiones ideológicas dentro de la sociedad pueden
estar representadas en la legislatura, ya sea a través de representantes de
partidos políticos, de representantes independientes, o de una combinación de
ambos.
- Tercera, una legislatura puede ser
representativa de la situación político-partidista
que existe dentro del país, incluso si los partidos políticos no cuentan con
una base ideológica. Si la mitad de los electores votan por un partido pero
este sólo obtiene unos cuantos escaños en la legislatura, entonces no se puede
decir que ese sistema represente adecuadamente la voluntad de la gente.
- Cuarta, el concepto de
representación descriptiva implica
que la legislatura debe ser en alguna medida un “espejo de la nación” que debe
parecer, sentir y actuar de una forma que refleje a la población en su
conjunto. En este sentido, una legislatura descriptiva apropiada sería aquella
que incluya a hombres y mujeres, a jóvenes y a viejos, a ricos y a pobres, y
que refleje las distintas filiaciones religiosas, comunidades lingüísticas y
grupos étnicos de la sociedad.
Hacer que las elecciones sean accesibles y significativas
Las elecciones son buenas y para
bien, pero pueden significar poco para la gente si es difícil votar o si al
final del día su voto no hace ninguna diferencia en la forma en que el país es
gobernado. La “facilidad para votar” está determinada por factores como el
grado de complejidad de la papeleta, qué tan sencillo es para el elector
acceder al recinto de votación, qué tan actualizado está el registro electoral
y qué tantas garantías y confianza tiene el elector de que su voto será
secreto.
También se cree que la
participación electoral –al menos en lo que concierne a una elección libre- se
incrementa cuando se percibe que el resultado de las elecciones, ya sea a nivel
nacional o de cada distrito, va a marcar una diferencia significativa en la
futura orientación del gobierno. Si el elector sabe que su candidato preferido
no tiene oportunidad de resultar elegido o de ganar un escaño en su distrito,
¿cuál es su incentivo para votar? En algunos sistemas electorales los “votos no
útiles” (es decir, los votos válidos que no se traducen en la elección de
ningún candidato, en oposición a aquellos votos nulos o papeletas estropeadas
que no son incluidas en el conteo) pueden representar un porcentaje
significativo del total de los votos emitidos.
Finalmente, las atribuciones
reales del órgano elegido contribuyen a determinar si las elecciones tienen
algún significado. Las elecciones carentes de contenido, bajo regímenes
autoritarios que no ofrecen ninguna opción genuina, donde las legislaturas
tienen muy poca influencia real en la formación de los gobiernos o en sus
políticas, son mucho menos importantes que las elecciones para legislaturas que
tienen efectivamente la capacidad de determinar elementos importantes para la vida
cotidiana de las personas.
Incluso dentro de los sistemas
democráticos, la selección de un sistema electoral puede influir en la
legitimidad de las instituciones. Por ejemplo, entre 1919 y 1946 el Senado de
Australia fue elegido mediante un sistema poco proporcional (el sistema de voto
alternativo en distritos plurinominales) que produjo resultados sesgados y poco
representativos. Esto socavó la legitimidad del Senado, tanto entre el
electorado como entre los políticos y, como algunos analistas sostuvieron,
también minó el apoyo público a las instituciones del gobierno federal en su
conjunto. Después de que en 1948 el sistema fue sustituido por uno más proporcional
(voto único transferible) el Senado empezó a tener mayor credibilidad, representatividad
y respeto, además de que se incrementó su importancia en los procesos de toma
de decisiones.
Ofrecer incentivos para la conciliación
Los sistemas electorales pueden
ser vistos no sólo como medios para integrar órganos de gobierno, sino además
como instrumentos para el manejo de conflictos dentro de una sociedad. Algunos
sistemas, bajo ciertas circunstancias, alentarán a los partidos a buscar apoyo
electoral fuera de sus bases tradicionales; por ejemplo, sí un partido tiene su
base de apoyo fundamental entre electores de color, un determinado sistema
electoral puede brindarle incentivos para buscar respaldo entre las comunidades
blancas o entre otros tipos de electores. Por lo tanto, la plataforma política
del partido se tornará menos divisiva y excluyente y más unificadora e
incluyente. Algunos incentivos de los sistemas electorales pueden hacer a los
partidos políticos menos exclusivos o excluyentes en términos étnicos,
regionales, lingüísticos o ideológicos. A lo largo de esta área temática se ofrecen
varios ejemplos de cómo los distintos sistemas electorales han funcionado como
herramientas para el manejo de conflictos.
Por otra parte, los sistemas
electorales pueden alentar a los votantes a ver fuera de su propio grupo y
contemplar la posibilidad de votar por partidos que tradicionalmente han
representado a otros grupos. Ese comportamiento electoral promueve la búsqueda
de acuerdos y la formación de comunidades de interés. Los sistemas que le
ofrecen al elector más de un voto o le permiten ordenar a los distintos
candidatos según sus preferencias les abren la oportunidad de cruzar fronteras
sociales preconcebidas. Por ejemplo, los llamados acuerdos electorales del
“buen viernes” que se celebraron en Irlanda del Norte en 1998 permitieron que
las transferencias de votos bajo el sistema de voto único transferible (VUT)
favorecieran a los partidos “pro pacifistas” al mismo tiempo que siguieron
generando resultados altamente proporcionales. Empero, en las elecciones de 2003,
un desplazamiento de las primeras preferencias hacia los partidos de línea dura
contrarrestaron esos efectos.
Facilitar un gobierno estable y eficiente
Las perspectivas para un gobierno
estable y eficiente no son determinadas por el sistema electoral, pero los
resultados que genera el sistema electoral pueden contribuir de distintas
maneras a la estabilidad. Las cuestiones clave son:
- Si el electorado percibe o no como justo al
sistema,
- Si el gobierno puede aprobar leyes y gobernar de
manera eficiente y;
- Si el sistema no discrimina contra determinados
partidos o grupos de interés.
La percepción de que los
resultados son o no justos varía sensiblemente de un país a otro. En dos
ocasiones en el Reino Unido (en 1951 y en 1974) el partido que recibió el mayor
número de votos a nivel nacional consiguió menos escaños que sus oponentes,
pero esto fue considerado más una peculiaridad de un sistema básicamente sólido
que una evidente injusticia que debía ser corregida. Por el contrario, se
reconoce que la existencia de resultados análogos en Nueva Zelandia en 1978 y
1981, en los cuales el Partido Nacional mantuvo el poder a pesar de obtener
menos votos que la oposición laborista, marcaron el punto de partida para un
movimiento de reforma que desembocó en la sustitución del sistema electoral
(ver el estudio de caso sobre Nueva Zelandia).
La cuestión de si el gobierno en
funciones puede promulgar leyes de manera eficiente está parcialmente ligada a
la posibilidad de que pueda formar una mayoría en la legislatura y esto a su
vez está vinculado con el sistema electoral. Como regla general, es más
probable que los sistemas electorales de pluralidad/mayoría den origen a
gobiernos de coalición. Sin embargo se tiene que recordar que los sistemas de
representación proporcional también pueden producir mayorías de un solo partido
y que los sistemas de pluralidad/mayoría pueden provocar que ningún partido
tenga la mayoría. Mucho depende de la estructura del sistema de partidos y de
la naturaleza de la sociedad misma.
Por último, es importante que el
sistema opere, hasta donde sea posible, de una manera electoralmente neutral
hacia todos los partidos y candidatos, no debe discriminar abiertamente a
ninguna agrupación política. La percepción de que las contiendas electorales en
una democracia se desenvuelven en un terreno inequitativo es señal de que el
orden político es débil y de que la inestabilidad no está muy lejana. Un
ejemplo dramático de esto lo representa la elección de 1998 en Lesotho, en la
cual el Congreso de Lesotho para la Democracia ganó todos los escaños de la legislatura
con sólo 60% de los votos bajo un sistema de mayoría simple. El descontento
popular que siguió a esto y que culminó en una solicitud de la Comunidad para
el Desarrollo del Sur de África de intervención militar en el país, demostró
que ese resultado electoral no sólo había sido injusto sino también peligroso y
motivó que el sistema electoral fuera en consecuencia, cambiado para las siguientes elecciones.
Asegurar que el gobierno rinda cuentas
La rendición de cuentas es uno de
los fundamentos del gobierno democrático. Su ausencia puede desembocar en
condiciones de inestabilidad de largo aliento. Un sistema político en el que se
rinden cuentas es aquel en que el gobierno es responsable ante los electores en
el mayor grado posible. Los electores deben ser capaces de influir en la
composición del gobierno, ya sea alterando la coalición de partidos en el poder
o retirándole su apoyo a un partido que no cumplió con los compromisos
contraídos. El diseño apropiado de algunos sistemas electorales puede facilitar
el logro de este objetivo.
El conocimiento convencional en
esta área puede ser resumido de manera muy simple. Tradicionalmente, se ha
creído que los sistemas de pluralidad/mayoría permiten la formación de
gobiernos de un solo partido, mientras que los sistemas de representación
proporcional han sido asociados con coaliciones multipartidistas. Si bien la
lógica fundamental de esta asociación sigue siendo válida hay numerosos
ejemplos en los años recientes de elecciones por mayoría simple que han
desembocado en gabinetes multipartidistas (como en la India) o de elecciones de
representación proporcional que culminan en la elección de gobiernos fuertes de
un solo partido (como en Sudáfrica), como para poner en duda la presunción
automática de que un determinado tipo de sistema electoral va a generar ciertos
resultados en términos de gobernabilidad. En todo caso es claro que los sistemas
electorales tienen un efecto importante en los asuntos de gobernabilidad, tanto
de los sistemas presidenciales como de los parlamentarios.
Asegurar que los representantes rindan cuentas
La rendición de cuentas a nivel
individual reside en la capacidad del electorado de verificar efectivamente quienes,
una vez elegidos, traicionan las promesas que hicieron durante la campaña o
demuestran incompetencia en el cargo. Algunos sistemas enfatizan más el papel
de candidatos populares a nivel local que el de aquellos nominados por un
partido fuerte a nivel central.
Tradicionalmente se ha considerado
que los sistemas de pluralidad/mayoría maximizan la capacidad de los electores
para deshacerse de representantes que no satisfacen sus expectativas. Una vez
más, este argumento sigue siendo válido. Sin embargo, la conexión se vuelve
tenue cuando los electores se identifican más con los partidos que con los
candidatos en lo individual, como ocurre en Gran Bretaña. Al mismo tiempo, las
listas abiertas y libres y el sistema de voto único transferible han sido
diseñados para permitirle a los electores indicar sus preferencias entre los
candidatos en el marco de un sistema proporcional.
Fortalecer a los partidos políticos
La evidencia disponible, tanto en
las democracias establecidas como en las emergentes, sugiere que la
consolidación democrática a largo plazo –es decir, el grado en que un régimen
democrático resguarda frente a desafíos domésticos la estabilidad del orden
político- requiere el crecimiento y mantenimiento de un sistema de partidos
fuerte y efectivo y, por lo tanto, que es importante que el sistema electoral
aliente esto en lugar de promover la fragmentación partidista.
Se pueden modelar sistemas
electorales para excluir específicamente a partidos con un reducido o mínimo
nivel de apoyo. El desarrollo del papel de los partidos como un vehículo para
la promoción de líderes políticos individuales es otra tendencia que puede ser
facilitada u obstaculizada por las decisiones relacionadas con un sistema electoral.
La mayoría de los expertos también concuerdan en que es importante que un
sistema electoral estimule el desarrollo de un sistema de partidos basado en
valores e ideologías políticas amplias y en programas políticos específicos y
no en estrechas inquietudes de carácter étnico, racial o religioso. Al mismo
tiempo que disminuyen las amenazas de conflictos sociales, es más probable que
los partidos que cuentan con amplia base social que comprende a distintos
grupos y sectores sociales reflejen la opinión nacional que aquellos que se
basan predominantemente en asuntos sectarios o regionales.
Promover la oposición y supervisión legislativa
La gobernabilidad efectiva descansa no sólo en las personas en el poder, sino también, casi siempre, en sus opositores o quien los vigila. El sistema electoral debe ayudar a garantizar la presencia de grupos de oposición viables que de manera crítica puedan valorar la legislación, cuestionar el desempeño del ejecutivo, salvaguardar los derechos de las minorías, y representar a sus seguidores de manera efectiva.
Es importante que los grupos
opositores cuenten con suficientes representantes para ser efectivos (en el
entendido de que su desempeño en las urnas lo avala) y en un sistema
parlamentario deben ser capaces de ofrecer una alternativa realista al gobierno
en funciones. Evidentemente, la fuerza de la oposición depende de muchos otros
factores además del relativo a la selección del sistema electoral, pero si el
sistema mismo vuelve impotente a la oposición, la gobernabilidad democrática
quedará intrínsecamente debilitada.
Una de las principales razones
para adoptar un sistema de representación proporcional en Nueva Zelandia fue,
por ejemplo, la sistemática subrepresentación de los pequeños partidos de
oposición bajo el sistema de mayoría simple. Al mismo tiempo es importante que
el sistema electoral dificulte el desarrollo de una actitud del tipo “el
ganador se lleva todo” que vuelve insensibles a los gobernantes a otras
opiniones y a las necesidades y deseos de los votantes de los partidos
opositores y que concibe tanto a las elecciones como al gobierno mismo como
juegos de suma cero.
En un sistema presidencial, es
necesario que el presidente cuente con el apoyo confiable de un grupo
sustancial de legisladores: sin embargo, es igualmente importante el papel de
aquellos que se identifican con la oposición y vigilan las propuestas
legislativas del gobierno. La separación de poderes entre el ejecutivo y el
legislativo le brinda efectivamente a todos los legisladores la posibilidad de
supervisar al ejecutivo, no sólo a los miembros de la oposición. Esto conlleva
a concederle particular atención a los elementos del sistema electoral que
tienen que ver con la importancia relativa de los partidos políticos y los
candidatos, junto con la relación entre los partidos políticos y sus
representantes que resultan elegidos.
Hacer de las elecciones un proceso sustentable
Las elecciones no se llevan a cabo
en las páginas de los libros, en la academia, sino en el mundo real. Por esta
razón, la selección de un sistema electoral depende, en cierta medida, de las
capacidades presupuestales y administrativas del país. Si bien algunos países donantes proveen a menudo un apoyo financiero sustancial para las primeras,
o incluso las segundas elecciones que celebran algunos países en transición democrática, es poco probable que esta tendencia se mantenga a largo plazo,
aunque así se quiera.
Un marco político sustentable toma
en cuenta tanto los recursos del país en términos de la existencia de personal
con capacidad para realizar tareas de administración electoral, como en términos de la capacidad financiera del presupuesto nacional.
Un país con bajo nivel de
desarrollo puede no estar, por ejemplo, en condiciones de hacer frente a los
preparativos y gastos que exige un sistema electoral de doble ronda o de
administrar con facilidad el complicado procedimiento de conteo de un sistema
de voto preferencial.
Sin embargo, un imperativo de
simplicidad a corto plazo puede ser incompatible con un principio de costo-efectividad
a largo plazo. Un sistema electoral puede resultar económico y fácil de
administrar pero no por ello dar respuesta a las necesidades urgentes de un
país, y cuando un sistema electoral no es congruente con las necesidades del
país, los resultados pueden ser desastrosos. Por el contrario, un sistema que
en un principio parezca un poco más costoso y más difícil de entender puede a
la larga ayudar a garantizar la estabilidad del país y su consolidación
democrática.
Tomar en cuenta las “normas internacionales”
Finalmente, en la actualidad el
diseño de un sistema electoral tiene lugar en el marco de un gran número de
convenios internacionales, tratados y otras clases de instrumentos legales
relacionados con asuntos políticos.
Si bien no existe un conjunto
completo de normas internacionalmente reconocidas para realizar elecciones, sí
es base de consenso que esas normas deben incluir los principios de:
- Elecciones libres, justas y periódicas que
garanticen el sufragio universal de los adultos,
- La secrecía del voto, la libertad de emitirlo
sin coerción alguna y;
- El compromiso con el principio un hombre un
voto.
Más aún, si bien no existe ningún
mandato legal que prescriba que un determinado sistema electoral es mejor que
otro, cada vez se reconoce más la importancia de los asuntos que se ven
afectados por los sistemas electorales, como la representación equitativa de
todos los ciudadanos, la igualdad entre hombres y mujeres, los derechos de las
minorías, una atención especial a las personas con capacidades diferentes,
entre otros.
Estos asuntos están consagrados en
instrumentos legales internacionales como la Declaración Universal de los
Derechos Humanos de 1948 y el Convenio Internacional sobre Derechos Civiles y
Políticos de 1966, así como en varios convenios y declaraciones relativas a
elecciones democráticas suscritas por organizaciones regionales como la Unión
Europea (UE), la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa
(OSCE), la Organización de los Estados Americanos (OEA), el Consejo de Europa
(CE) y la mancomunidad de naciones.
Criterios para el diseño: conclusiones
Los diez criterios delineados en
ocasiones entran en conflicto entre sí e incluso llegan a ser mutuamente
excluyentes. Por lo tanto, es importante que el diseñador de un sistema electoral
lleve a cabo un cuidadoso proceso para determinar cuales son los criterios
prioritarios o más relevantes a un determinado contexto antes de evaluar qué
sistema puede funcionar mejor.
Una forma útil de proceder puede ser
la de enlistar primero todas las cosas que deben evitarse por todos los medios,
como una catástrofe política que pueden desembocar en el colapso de la
democracia. Por ejemplo, un país étnicamente dividido puede querer por encima
de todo no excluir a las minorías étnicas de la representación a fin de
promover la legitimidad del proceso electoral y evitar la percepción de que el
sistema electoral fue injusto.
En contraste, si bien para una
democracia emergente estos asuntos también pueden ser importantes, es probable
que tenga prioridades distintas: quizá garantizar que un gobierno pueda
promulgar leyes de manera eficiente sin temor a que los acuerdos se paralicen o
que los electores puedan deshacerse de dirigentes desacreditados si así lo
desean.
Establecer las prioridades entre criterios
que pueden entrar en conflicto es una tarea que sólo puede ser llevada a cabo
por los actores locales involucrados en el diseño del proceso de cambio institucional.