Consejos para diseñadores de sistemas electorales
Una de las conclusiones más claras
que se puede extraer del estudio comparado de los sistemas electorales se
refiere sencillamente al rango y utilidad de las opciones disponibles. A
menudo, los diseñadores y redactores de marcos constitucionales, políticos y
electorales simplemente eligen el sistema electoral que conocen mejor –a veces,
en las democracias emergentes, el sistema de la antigua potencia colonial- en
lugar de examinar integralmente todas las alternativas. En algunos casos, los
elementos de un acuerdo de paz o ciertas presiones externas restringen las
opciones disponibles.
El principal propósito de esta
área temática es ofrecer algunos conocimientos que permitan tomar una decisión informada. No se aboga necesariamente
por cambios radicales a los sistemas electorales existentes; de hecho la
experiencia comparada de los procesos de reforma electoral que se han llevado a
cabo hasta la fecha sugiere que una reforma moderada, construida a partir de
aquellos elementos del sistema vigente que funcionan bien, constituye con
frecuencia una mejor opción que cambiar súbitamente a un sistema totalmente
nuevo y desconocido.
Hay mucho que aprender de la
experiencia de otros. Por ejemplo, un país con un sistema de mayoría simple que
desee pasar a un sistema más proporcional pero manteniendo un vínculo
geográfico con los electores podría considerar la experiencia de Nueva Zelandia,
que adoptó un sistema de RPP en 1993, o de Lesotho que lo hizo en 2002. De
igual forma, un país que quisiera mantener sus distritos uninominales pero alentar
el acomodo y compromiso entre distintos grupos podría evaluar la experiencia
del voto alternativo en algunos países de Oceanía (Fiji o Nueva Guinea en
particular). A un país profundamente dividido que desee emprender un proceso de
transición democrática se le podría sugerir que considere tanto la experiencia
multiétnica de un gobierno compartido bajo un sistema de RP por listas, como el
de Sudáfrica, como la historia más conflictiva de la Asamblea de Irlanda del
Norte elegida bajo un sistema de voto único transferible. Finalmente, un país
que simplemente desee reducir los costos y la inestabilidad provocada por un
sistema de doble ronda para la elección de su presidente podría examinar la
opción del voto alternativo utilizada por la República de Irlanda. En todos
estos casos, la selección del sistema electoral ha tenido un claro impacto en
la política del país.
Las siguientes directrices
sintetizan las sugerencias contenidas en esta área temática.
Mantenerlo simple y claro
Es más probable que un diseño
efectivo y sustentable del sistema electoral resulte más fácil de comprender
para el elector y el político. Una excesiva complejidad puede provocar malos
entendidos, consecuencias no deseadas y desconfianza de los electores en los
resultados.
No tener miedo de innovar
Muchos de los sistemas electorales
más exitosos que se aplican hoy en día en el mundo han resultado de enfoques
innovadores para resolver problemas específicos que han probado funcionar de
manera adecuada. Hay mucho que aprender de la experiencia de otros, tanto de
los países vecinos como de casos que parecen ser muy distintos.
Poner atención a factores contextuales y temporales
Los sistemas electorales no operan
en el vacío. Su éxito depende de la comunión entre instituciones políticas y
tradiciones culturales. El primer punto de partida de cualquier diseñador
potencial de un sistema electoral reside en preguntarse: ¿cuál es el contexto
político y social al que se tiene que hacer frente? El segundo podría ser ¿se
trata de diseñar un sistema permanente o sólo uno que permita avanzar en un
periodo de transición?
No subestimar al electorado
Si bien la simplicidad es
importante, es igualmente riesgoso subestimar la capacidad de los electores
para entender y utilizar de manera apropiada diferentes sistemas electorales.
Por ejemplo, los complejos sistemas preferenciales se han utilizado de manera
exitosa en países en desarrollo de la región de Asia-Pacífico, al mismo tiempo
que la experiencia de varias elecciones recientes en democracias emergentes ha
subrayado la importancia de distinguir entre alfabetismo “funcional” y
alfabestismo “político”. Incluso en países muy pobres, los electores a menudo
desean y tienen la posibilidad de expresar preferencias relativamente
sofisticadas en términos de opciones políticas.
Errar del lado de la inclusión
Siempre que sea posible, ya sea en
sociedades divididas o relativamente homogéneas, es conveniente que el sistema
electoral “falle” en el sentido de incluir a todos los intereses
representativos en la legislatura. Independientemente de que las minorías estén
basadas en identidades ideológicas, étnicas, raciales, lingüísticas, regionales
o religiosas, la exclusión de franjas importantes de opinión de la legislatura,
sobre todo en países en desarrollo, a menudo ha mostrado ser contraproducente
de manera catastrófica.
El proceso es un factor clave de la selección
La forma en que un sistema
electoral en específico es seleccionado también reviste gran importancia para
garantizar su legitimidad. Es probable que un proceso en el que todos o la
mayoría de los grupos estén comprendidos, incluyendo al electorado en su
conjunto, se traduzca en un mayor nivel de aceptación de los resultados finales
que una decisión que se percibe como motivada sólo por intereses particulares o
partidistas. Si bien las consideraciones de carácter partidista resultan
inevitables cuando se discute la selección de un sistema electoral, un amplio
apoyo público y de las distintas fuerzas partidistas, es crucial para que se
acepte y respete la decisión adoptada. Por ejemplo, el proceso de reforma que
llevó a la sustitución del sistema de mayoría simple por uno de RPP en Nueva Zelandia,
comprendió dos referendos que sirvieron para legitimar el resultado final. En
contraste, la decisión del gobierno socialista francés de sustituir el sistema
de doble ronda por uno de RP en 1986 fue claramente percibida como una maniobra
que respondía a consideraciones partidistas y fue revertida tan pronto como el
gobierno perdió el poder en 1988.
Crear confianza y legitimidad entre todos los actores clave
Es importante que todas las
fuerzas y grupos que deseen tomar parte en el proceso democrático considere que
el sistema electoral que se va a aplicar es justo y les brinda a todos la misma
oportunidad de triunfo. El cometido fundamental debe ser que quienes “pierden”
la elección no conviertan su decepción en un rechazo al régimen o utilicen el
sistema electoral para desviar la ruta de consolidación democrática. En
Nicaragua en 1990, los sandinistas fueron separados del gobierno por la vía
electoral, pero aceptaron su derrota porque al menos en parte aceptaron la
equidad del sistema electoral. Camboya, Mozambique y Sudáfrica fueron capaces
de poner fin a sus sangrientas guerras civiles mediante arreglos institucionales
que fueron ampliamente aceptados por todas las partes.
Tratar de maximizar la influencia de los electores
Es importante que los electores
sientan que las elecciones les brindan una posibilidad de influir en la
formación del gobierno y en sus políticas. Su selección puede ser optimizada de
distintas formas. Los electores pueden tener la opción de elegir entre
distintos partidos, entre candidatos de diferentes partidos o de un mismo
partido. También pueden tener la posibilidad de expresar sus preferencias
utilizando distintos sistemas electorales cuando se trate de comicios
presidenciales, legislativos, regionales o locales. Es igualmente importante
que tengan confianza de que su voto tiene un impacto genuino en la formación
del gobierno y no sólo en la composición de la legislatura.
Pero equilibrar esa influencia con la necesidad de fomentar partidos
políticos coherentes
Es recomendable que el deseo de
optimizar la influencia del elector se concilie con la necesidad de fomentar
partidos políticos viables y coherentes. El hecho de que se les ofrezca a los
electores el rango más amplio de opciones al emitir su voto puede provocar la
formación de una legislatura tan fragmentada que nadie termina teniendo el
resultado esperado. Existe un amplio consenso entre los politólogos de que la
formación de partidos políticos coherentes y de amplia base es uno de los
factores más importantes para promover una democracia realmente sustentable.
La estabilidad a largo plazo y las ventajas a corto plazo no son siempre
compatibles
Cuando los actores políticos están
negociando un nuevo sistema electoral, con frecuencia platean propuestas que
creen que van a beneficiar a sus partidos en las próximas elecciones. Sin
embargo, ésta es una estrategia muy poco aconsejable, sobre todo en los países
en desarrollo, ya que el éxito o predominio de un partido político a corto
plazo puede en ocasiones desembocar en inconformidad social o colapsos
políticos a largo plazo. Por ejemplo, en las negociaciones previas a las
elecciones de transición de 1994 en Sudáfrica, el partido del Congreso Nacional
pudo haber reivindicado razonablemente la preservación del sistema electoral de
mayoría simple, que probablemente le pudo haber reportado, en su calidad de
partido mayoritario, un porcentaje de escaños mucho mayor a su nivel de
votación. El hecho de que al final se haya manifestado en favor de la adopción
de un sistema de RP y de que haya obtenido un menor número de escaños de los
que hubiera alcanzado bajo el sistema de mayoría simple, fue una muestra clara
de que consideraba más importante la estabilidad política a largo plazo que una
ventaja electoral a corto plazo.
De igual forma, los sistemas
electorales requieren ser sensibles a la necesidad de reaccionar y ajustarse a
cambios en las condiciones políticas y al surgimiento de nuevos movimientos
políticos. Incluso en democracias establecidas, el apoyo a favor de los grandes
partidos rara vez es estable, mientras que la política en las nuevas
democracias casi siempre es muy dinámica y un partido que se beneficie de los
arreglos electorales en una elección puede no necesariamente beneficiarse de
ellos en la siguiente.
No concebir al sistema electoral como una panacea de todos los males
Si bien es cierto que si se quiere
cambiar la naturaleza de la competencia política el sistema electoral puede ser
el instrumento más efectivo, también es cierto que los sistemas electorales
nunca pueden ser la panacea para todos los males de un país. Los efectos
globales de otras variables, en especial la cultura política de un país, a
menudo tienen un impacto mucho mayor en sus perspectivas democráticas que
factores institucionales, como puede ser el sistema electoral. Más aún, los
efectos positivos de un sistema electoral bien concebido y diseñado pueden ser
fácilmente anulados por un marco constitucional inapropiado, el predominio de
fuerzas internas discordantes o el peso de amenazas externas a la soberanía de
país.
Pero tampoco subestimar su influencia
En todo el mundo, los
condicionamientos sociales a la democracia son considerables, pero aún así
crean espacios para estrategias políticas intencionadas que pueden fomentar o
subvertir un proceso exitoso de democratización. Los sistemas electorales no
son una panacea, pero son claves para crear las condiciones de estabilidad de
cualquier política. Una ingeniería electoral hábil puede ser insuficiente para
prevenir o erradicar enemistades profundas, pero la existencia de instituciones
apropiadas puede orientar el sistema político en el sentido de reducir los
conflictos sociales e incrementar la responsabilidad gubernamental. En otros
palabras, si bien la mayoría de los cambios que se pueden lograr mediante el
diseño o modificación de los sistemas electorales se ubican necesariamente en
los márgenes, con mucha frecuencia son estos impactos marginales los que hacen
la diferencia entre el hecho de que una democracia se consolide o se socave.
Ser receptivo a la disposición del electorado de aceptar cambios
Una reforma del sistema electoral
puede parecerle una buena idea a los políticos experimentados que conocen las
fallas del sistema existente, pero a menos que las propuestas de reforma se
presenten de manera apropiada la opinión pública, ésta puede rechazar la idea
por considerarla una simple tentativa de los políticos de modificar las reglas
para su propio beneficio. Las situaciones más nocivas son aquellas en que el
cambio es percibido como una flagrante maniobra para obtener ventajas políticas
(como ocurrió en Chile en 1989, en Jordania en 1993 y en Kirguistán en varias
ocasiones desde 1995) o cuando el sistema se modifica tan frecuentemente que
los electores no tienen idea de donde se encuentran (como algunos observadores
han comentado sobre el caso de Bolivia).
No asumir que los defectos pueden arreglarse fácilmente después
Todos los sistemas electorales
determinan ganadores y perdedores y, por lo tanto, enfrentan intereses creados.
Cuando un sistema se ha establecido, pasa a formar parte del régimen político.
Sin embargo, en épocas de cambio puede no ser nada acertado asumir que será
fácil contar después con la aceptación requerida para solucionar problemas que
puedan surgir. Si se pretende someter a revisión el sistema, puede ser
recomendable incorporar una disposición en este sentido en el instrumento legal
en que se establezcan los cambios.
Evitar ser un esclavo de los sistemas del pasado
Con mucha frecuencia, los sistemas
electorales que resultan inapropiados para las necesidades de una nueva
democracia han sido heredados del tiempo colonial sin haber pensado como van a
funcionar en la nueva realidad política. Por ejemplo, casi todas las antiguas
colonias británicas en Asia, África y el Pacífico adoptaron sistemas de mayoría
simple en distritos uninominales. En muchas de estas nuevas democracias, particularmente
aquellas que padecen divisiones étnicas, ese sistema ha mostrado ser muy
inapropiado para atender sus necesidades. De igual forma, se ha argumentado que
muchas de las antiguas colonias francesas de África Occidental que conservaron
el sistema de doble ronda (como Malí) experimentaron como resultado una grave
polarización y muchos regímenes post-comunistas conservaron los principios de
mayoría absoluta o los requisitos de un mínimo de participación como condición
de validez de las elecciones como legado de la era soviética.
Evaluar el potencial impacto de cualquier nuevo sistema en el conflicto
social
Como se indicó justo al inicio de
este tema, los sistemas electorales pueden ser vistos no solamente como
mecanismos para elegir legislaturas o presidentes, sino también como
herramientas para manejar conflictos dentro de las sociedades. Algunos
sistemas, bajo ciertas circunstancias, van a alentar a los partidos a buscar
votos fuera de sus tradicionales bases de apoyo. Desafortunadamente, cada vez es
más frecuente en el mundo de hoy en día que la existencia de sistemas
electorales inapropiados sirva de hecho para acentuar tendencias negativas
preexistentes, por ejemplo, la de inducir a los partidos a ver las elecciones
como juegos de “suma cero” y, por consiguiente, a actuar de manera hostil y
excluyente fuera de sus bases de apoyo. Cuando se diseña cualquier institución
política, la premisa es que incluso si no contribuye a reducir las tensiones
dentro de la sociedad, por lo menos no debe empeorarlas.
Tratar de imaginar contingencias inusuales o poco probables
Con mucha frecuencia, se diseñan
sistemas electorales para evitar errores del pasado, especialmente en el pasado
inmediato. Es importante que al hacerlo no se sobre reaccione y se cree un
sistema que vaya demasiado lejos al tratar de corregir los problemas
precedentes. Más aún, es conveniente que los diseñadores del sistema se
planteen algunas interrogantes poco comunes para evitarse problemas en el largo
plazo: ¿qué hacer si nadie gana bajo el sistema propuesto?, ¿es posible que un
solo partido obtenga todos los escaños?, ¿qué tal que se tenga que distribuir
más escaños de los que existen en la legislatura?, ¿qué hacer en caso de
empate?, ¿puede el sistema funcionar de tal manera que, en algunos distritos,
sea preferible para los simpatizantes de un partido no votar por el partido o
candidato de su preferencia?
Una lista de control para el diseño
- ¿Es el sistema claro y comprensible?
- ¿Se ha tomado en cuenta el contexto?
- ¿Es el sistema apropiado para los tiempos que se
viven?
- ¿Son claros los mecanismos para sus reformas a
futuro?
- ¿Evita el sistema subestimar al electorado?
- ¿Es el sistema lo más incluyente posible?
- ¿Se percibirá como legítimo el proceso de diseño
del nuevo sistema?
- ¿Serán considerados legítimos los resultados
electorales?
- ¿Se han tomado en cuenta contingencias
inusuales?
- ¿Es el sistema sustentable en términos
financieros y administrativos?
- ¿Se está alentando un sistema competitivo de
partidos?
- ¿Se ajusta el sistema a un marco constitucional
integral?
- ¿Contribuirá el sistema a reducir los conflictos
y no a exacerbarlos?