Educación cívica
La educación cívica puede ser definida a grandes rasgos en términos que la mantengan fuera del ámbito de la política electoral y del organismo que administre las elecciones. Es posible que una persona encargada de la educación electoral también pueda participar en una campaña más amplia de educación cívica. Sin duda hay elementos que sugieren que la educación electoral es en realidad una amalgama de la información a los votantes y de ciertos aspectos de un programa de educación cívica, es decir, aquellos que tratan sobre las elecciones.
Por lo general, la educación cívica es llevada a cabo en ambientes de educación de adultos informal, aunque hay aspectos que son parte de la educación escolar formal. Esta sección sugiere que la educación cívica en una democracia es aprendida y enseñada de mejor manera en el medio de la lucha para establecer y sostener la propia democracia.
Introducción a la educación cívica
Para los propósitos de esta área temática, el término “educación cívica” se emplea para describir la gran tarea de educar a los ciudadanos para que puedan asumir, con toda consciencia, sus funciones y responsabilidades dentro de los estados democráticos y ejercer sus derechos como seres humanos libres.
El término “educación cívica” ha ganado aprobación como la descripción de este proceso de otorgar poder y de liberación, pero también conserva algunos matices de una misión civilizadora y urbanizadora, a los que educadores astutos que operan en una diversidad de contextos deberían asirse.
Estos variados contextos son los que forman la base de las siguientes secciones de esta área temática. Si bien hay temas centrales de educación cívica, los contextos en los que éstos han sido investigados y desarrollados son cada vez más diversos. Y como se ha vuelto más importante el rol de la educación de modificar (o civilizar) estos contextos y hacerlos aptos para los ciudadanos —y viceversa—, es necesario que los educadores presten atención a sus diferencias y trayectorias o historiales.
Estos temas se refieren a la visión, virtud, costumbres y práctica
Los estudios sobre educación cívica invariablemente comienzan con el análisis de la democracia y de los términos relacionados de ciudadanía y sociedad civil. Aquellos involucrados en la educación cívica tienen la esperanza de ciudadanos con poder, que se organizan voluntariamente para ser autosuficientes y tener un impacto político en sociedades donde la democracia, representativa y participativa, produce paz, prosperidad y la liberación personal. Todos estos conceptos son controversiales. Sin embargo, a pesar que a la década de los 90’s, en la que predominó la creencia en el triunfo de la democracia como régimen de gobierno y en la que se dio un nuevo impulso a la educación cívica, ha dado paso a tiempos de mayor cautela durante los que la guerra y el terror han vuelto a surgir como instrumentos para la construcción de estados y de proyección de poder, todo programa de educación cívica debe proponer un ideal del futuro ante los educadores y alumnos.
Visión
La virtud cívica es un tema frecuente en muchas innovaciones de los planes de estudios y de proyectos diseñados para cambiar el enfoque de la educación de ser una actividad meramente concentrada en el conocimiento y la información —aprender sobre la política de determinados países, o la historia del desarrollo de una constitución y la manera en la que dicha constitución se ha utilizado o si se ha abusado de la misma— a ser la consideración de la responsabilidad personal que cada aprendiz individual tiene de comportarse bien dentro de la sociedad democrática en la que vive. Se han elaborado listas de virtudes que, se supone, son particularmente apropiadas para esta forma de vida. Éstas incluyen el respeto hacia los demás, la responsabilidad por la comunidad, el respeto a la constitución y a los derechos humanos, la paz y la amistad en los asuntos locales y nacionales.
Virtud
En algunas tipologías del educador, las virtudes y costumbres se cruzan entre ellas y con aptitudes cívicas, que se definen de forma separada. Pero todos concuerdan en que la educación cívica debe inculcar comportamientos que permitan a las personas construir una forma de vida democrática, independientemente del régimen particular en el que se encuentren. Entre estas costumbres están las simples de la resolución no-violenta de conflictos; formación, expresión y promoción de intereses y necesidades, de modo que intereses y necesidades distintos puedan ser identificados y resueltos; el votar; el ser una persona tanto pública como privada, y otros.
Costumbres
Las sociedades siempre son complejas —y las sociedades democráticas tienen que establecer, sobre la base particular de su historia y equilibrio de fuerzas, las prácticas que les permitan cumplir el mínimo elemental que constituya el fundamento de esa sociedad (vea El significado de democracia). Después de haber construido esas prácticas y procedimientos —y en el proceso de renovarlos y reformarlos para satisfacer exigencias contemporáneas— las sociedades tratan de educar a sus ciudadanos para que participen y hagan uso de los mismos.
Práctica
En esencia, la educación cívica busca, ya sea que la ciudadanía tenga el poder y la capacidad de participar al máximo en una sociedad democrática, o que tal sociedad democrática sea creada. Sin embargo los contextos siempre son diferentes, y los desafíos que enfrentan los educadores también difieren.
Es importante que las decisiones adoptadas en la elaboración de programas de educación cívica, mientras se averigua acerca de modelos y materiales, y en la búsqueda del apoyo de otros profesionales y de otorgar poder a las personas el poder, se tengan en cuenta de las siguientes diferencias. ¿Está el educador cívico involucrado en la preservación y renovación de un estado democrático (véase La educación cívica en las democracias establecidas); en la construcción o re-construcción después de una guerra o conflicto civil (véase La reconstrucción después de la guerra); atendiendo el surgimiento de la democracia (véase La educación cívica en las democracias emergentes), o en la transformación de las sociedades (véase Los regímenes autoritarios y los estados frágiles)? ¿O es el educador parte de un equipo que hace frente a una crisis mucho más inestable en la que el concepto de estado es irrelevante ante la emergencia inmediata (véase Educación cívica durante emergencias)?
Regímenes autoritarios y estados frágiles
La educación para la democracia no requiere un estado democrático. De hecho algunas de las iniciativas más innovadoras en la educación informal han ocurrido en estados autoritarios. Como se señaló en la introducción, la educación cívica es a menudo una característica de estados autoritarios que buscan construir un consenso social entre sus súbditos. Existen por supuesto sociedades que creen que un régimen autoritario, ya sea que haya sido establecido a través de un liderazgo tradicional, en respuesta a crisis de guerra o fallas en el desarrollo, o a través de opiniones ideológicas o religiosas generalmente aceptadas, es una forma apropiada de gobernar el estado. Este no es el lugar para esa discusión, y el área temática no trata de esa forma particular de educación cívica, aunque muchos de los elementos de este programa puedan ser usados en tales situaciones estáticas.
Estados frágiles, que están colapsando o que ya han colapsado, presentan problemas particulares ya que implican niveles de inseguridad, y a veces de terror, personal y guerra, lo que hace difícil la asistencia a programas educativos. Sin embargo, las personas que viven en tales circunstancias merecen toda clase de ayuda para retomar el control de sus vidas y en la reconstrucción de sus países. En algunos casos este esfuerzo debe esperar hasta que exista un nivel de estabilidad asegurada, pero si los educadores son excluidos de la planificación durante este periodo, se pueden establecer instituciones y procesos que luego socavarán sus intentos posteriores.
Los educadores cívicos dedicados a la construcción de estados democráticos encontrarán oportunidades para la educación dentro de aquellas organizaciones a las que ha sido permitida la existencia o que se hacen ellas mismas de un espacio. Tales instituciones pueden ser de carácter religioso, asociaciones voluntarias de socorro, de auto ayuda y cooperativas, o inclusive grupos vecinales de discusión. En algunos casos, estos grupos pueden estar presentes fuera del país en cuestión.
Tales programas educativos inevitablemente coexisten con la acción política, a pesar de que puedan estar limitados por el contexto, y esto los hace particularmente poderosos.
Los programas para la juventud son especialmente importantes bajo estas condiciones. En algunos casos, proporcionan un ambiente seguro para los jóvenes que de otro modo serían víctimas del estado. Pero aún cuando los jóvenes estén involucrados en alguna forma de acción directa contra el estado, o en algún otro conflicto civil, la educación puede dar información sobre la calidad de su vida y acciones, y posibilitar una salida democrática a esas situaciones de conflicto.
La reconstrucción después de la guerra
En Afganistán, las asambleas tradicionales han sido recreadas con gente joven para promover la ciudadanía y motivar a las personas a presentarse como candidatos en las elecciones de los gobiernos locales.
En Irak, se estaba efectuando un trabajo de gran envergadura con grupos femeninos, exponiéndolos a debates constitucionales y permitiéndoles visitar otros países mientras se preparaban la constitución, los referendos y las elecciones para después de la guerra.
En Burundi y en la República Democrática del Congo, la atención se concentró fundamentalmente en las elecciones, pero también se realizaron algunos esfuerzos de educación esencial.
En Bosnia, Civitas estableció un programa de educación cívica escolar utilizando coordinadores locales.
Las Sociedades de posguerra que han sido capaces de desarrollar un programa de reconstrucción con ayuda nacional o internacional son también capaces de introducir una variedad de programas educativos.
Estos están a menudo vinculados, como ocurrió en Angola, con programas de fortalecimiento de la sociedad civil —donde las organizaciones nacionales empiezan a hacerse del espacio creado por un acuerdo de paz o un cese al fuego. En algunos casos, esos programas están vinculados a la creación de nuevos organismos electorales o instituciones legales. Y, por supuesto, es fundamental que los programas de educación cívica sean parte de toda actividad de desmantelamiento de tropas, especialmente, pero no sólo, para los soldados infantiles.
Todos estos programas luchan contra las condiciones en el país después de la guerra —poblaciones e infraestructura dañadas, instituciones nacientes, y combates inevitablemente inconclusos en ciertas regiones. Estas condiciones no son diferentes a las existentes después de la Segunda Guerra Mundial, y lecciones que aprender al observar a Europa y Japón en los primeros días después de esta guerra en particular— ya sea para intervenciones educativas, debates y procesos constitucionales, o para desarrollar escenarios de esperanza en sociedades que tal vez estén más cerca de sus conflictos inmediatos.
La educación a menudo se centra en acuerdos y tratados de paz, en el fomento de la tolerancia entre las facciones previamente en guerra, y en los acuerdos de transición propuestos. Estos incluyen a menudo rondas de elecciones y referendos —sobre calendarios necesarios para mantener vivo un tratado, pero siempre bajo tensiones que se suman a la confusión y la inseguridad ciudadana.
La educación cívica en democracias emergentes
Los programas de educación cívica formales introducidos en las escuelas estatales existentes han sido especialmente importantes en Europa del Este ofreciendo un punto de referencia para permitir a estos países profundizar las democracias que se crearon con el colapso de la Unión Soviética y la posterior desintegración de los estados mantenidos unidos por su dependencia de la URSS.
En algunos países, estos programas fueron igualmente importantes para establecer la necesidad de educación adicional de docentes y para la reforma de planes de estudios y de los sistemas de escolarización. Además, a menudo operan en las secuelas de educación menos formal impulsada por organizaciones de la sociedad civil inmediatamente antes y durante la transición democrática.
Durante los primeros años después de una transición democrática, encontrar fondos y recursos para la educación cívica fuera de los ingresos normales disponibles para los países es relativamente fácil. Conforme el éxito democrático establece políticas rutinarias, la motivación para dichos fondos disminuye. Así, es importante la institucionalización temprana, aunque a menudo se ve obstaculizada por las debilidades de las instituciones clave, como las escuelas, parlamentos y organizaciones cívicas.
Por lo tanto, los educadores cívicos deben prestar atención en incrementar la fuerza de las instituciones locales en términos de su capacidad intelectual, de gestión y administración, y de las facultades de trabajo y los procedimientos que se dan por sentados en democracias más establecidas.
Los planes de estudio frecuentemente se ocupan de asuntos relativos a la construcción de la nación y pueden incluso tratar de desactivar grupos de la sociedad civil involucrados en la agitación democrática. Estos son enfoques naturales, pero limitados, para una democracia amplia y para una política de desarrollo en las que la acción ciudadana es fundamental. En un estado democrático es posible desarrollar una vía intermedia en la que la agitación democrática se transforme en interés por la ciudadanía.
La educación cívica en las democracias establecidas
Después de muchos años en que las democracias establecidas han dependido completamente de costumbres e instituciones arraigadas para sostener a la ciudadanía democrática, temores más recientes sobre tendencias anti-democráticas emergentes, grupos alienados y electores apáticos han causado un debate mucho más coordinado acerca de la necesidad de esfuerzos adicionales, algunos de ellos educativos y otros a través de experimentar con la reforma electoral, el fortalecimiento de partidos políticos y la democracia directa.
A veces se olvida que las democracias establecidas tienen sus propias historias de conflicto y tensión. Varias de las instituciones, prácticas y procedimientos que existen, surgieron de esos momentos de tensión y pueden aparecer por sí mismos en el futuro cuando aparezcan problemas similares. Otros problemas que enfrenten estas sociedades de hecho pueden ser nuevos y requerir instituciones nuevas.
En los Estados Unidos de América, se han desarrollado planes de estudio de educación cívica para las escuelas públicas, y un programa similar se ha puesto en marcha en el Reino Unido. Ambos surgieron fuera del sistema estatal oficial y dependieron de la presión política, apoyo y trabajo con escuelas individuales y maestros para motivar su adopción más universal.
En Alemania, las fundaciones y las academias laicas que surgieron a principios de los años 50, después de la guerra, para reactivar la ciudadanía y asegurar que hubiera reconciliación y rehabilitación continúan operando dentro de un marco de formación política apoyada por organismos gubernamentales tanto federales como provinciales.
Conforme Europa se ha ampliado e integrado, se han establecido programas educativos de la Unión Europea, tanto de carácter más informativo como con un propósito educativo más profundo —la red subyacente al proyecto Grundtvig/Sócrates proporciona información y buenas prácticas. La aparición de nociones incipientes de ciudadanía transnacional sugiere un nuevo reto para los educadores.
Claro que en sociedades de gran complejidad producto del desarrollo y de prácticas democráticas largamente establecidas, es muy difícil para los educadores considerar programas universales, de manera que existen pocos de esta naturaleza. Quienes buscan desarrollarlos para momentos democráticos particulares encontrarán ayuda en las secciones de alineación y estrategia. Los educadores, en cambio, están trabajando con nuevos migrantes, grupos excluidos, en el fortalecimiento de partidos políticos, promocionando campañas sobre derechos humanos y educación para el desarrollo.
Algunos países, especialmente aquellos con un pasado colonial o misionero, han utilizado la educación para el desarrollo para animar a sus propios ciudadanos a la acción doméstica y la solidaridad y compasión internacionales. Las técnicas usadas en estas campañas tienen que ser juzgadas cuidadosamente para garantizar que no sólo causen una movilización social a corto plazo, sino un compromiso concomitante a largo plazo para la democracia y la ciudadanía activa.
La educación cívica durante situaciones de emergencia
La acción internacional en situaciones de emergencia está ahora bien establecida. Las lecciones de la ayuda tras el tsunami durante los seis primeros meses de 2005 ya están registradas.
No es sorprendente que las demandas de estos esfuerzos de socorro, sea la protección de refugiados, la distribución de alimentos o de atención médica, o la reconstrucción de la propiedad dañada y de las sociedades mismas, han opacado las diversas necesidades educativas que surgieron y los intentos de diferentes organizaciones para satisfacerlas.
En cuanto los afectados se ven obligados a extender su estadía en comunidades y locales provisionales, sus necesidades sociales y educativas crecen. Nuevos acuerdos políticos (a nivel de la comunidad y en relación con autoridades locales y organizaciones de emergencia), vacíos en el liderazgo comunitario, el enfrentar la ruptura de los procesos de socialización, especialmente entre los jóvenes y los niños, son todas necesidades que tienen que ser atendidas por las comunidades y esto se puede hacerse con mayor facilidad través de programas educativos.
En algunos casos, cuando las comunidades desplazadas se encuentran en un estado de incertidumbre, la educación puede proporcionar algún propósito durante periodos que de otra manera son de aparente dependencia.
Los educadores que buscan ayudar tienen que considerar asuntos de ingreso, accesibilidad y relevancia. Los planes de estudios pueden centrarse inicialmente en ajustes simples tales como la obtención de documentos, atenuación de dolor y trauma, y en la reconstrucción de la comunidad. Si las comunidades son forzadas a permanecer por extensos periodos en circunstancias temporales, preocupaciones de más largo plazo sobre el desarrollo personal, las habilidades cívicas, y los programas de formación vocacional o de perfeccionamiento de habilidades pueden ser posibles. Dada la importancia de la creación de una comunidad, los educadores podrían utilizar las técnicas de la educación entre pares y los procesos de auto-gobierno.
Sin embargo, los programas de educación de cualquier nivel requieren de tiempo para su planificación, así como de locales y personal —y una inversión muy fuerte en estos puede consolidar las circunstancias de las personas que preferirían volver a su hogar anterior, o que podrían tener sus propias opiniones sobre cómo hacer la reconstrucción y la reinversión de mejor manera.
La relación entre educación general y educación cívica
Existe una relación entre educación general y educación cívica, pero no es una simple.
La educación universal como necesidad para la democracia
Uno de los teóricos educativos más importantes del siglo XX, John Dewey, produjo un tratado sobre educación titulado Democracia y Educación. Este libro, al igual que otros similares, argumenta la necesidad de una educación universal financiada por el Estado para que la democracia se mantenga. La naturaleza vital de la educación general garantiza la supervivencia de la experiencia democrática, que de otra forma sería reemplazada por formas alternativas de gobierno social.
Sin embargo, a medida que avanzó el siglo XX se hizo evidente que si bien la educación universal puede llevarse a cabo con bases liberales y pluralistas, respetando la experiencia personal y el desarrollo del conocimiento, esto no garantiza automáticamente que la gente pueda participar de manera activa en las democracias que existen hoy en día. De hecho, se siente nostalgia por el espíritu y la virtudes cívicas de las épocas pasadas y por el idealismo de aquellos que lucharon primero por la democracia y luego por el sufragio universal.
La educación cívica como complemento
Como resultado de lo arriba mencionado, la educación ha empezado a ser vista como una actividad general que debe ser complementada por alguna forma de innovación curricular conocida como "educación cívica". Esto puede hacerse en todo el currículum —la discusión por lo general gira en torno a las instituciones educativas formales en el nivel de primaria y secundaria— o agregándole una materia más al mismo. Lo último tiene como resultado el aislamiento de la educación cívica de la otras inquietudes de la vida, y al ingresar a un currículum congestionado, tendrá que competir con otras demandas —educación ambiental, matemáticas y ciencias adicionales, educación empresarial, etc. Lo anterior tampoco dice nada del valor comparativo que se da a las diferentes materias a raíz de las demandas de educación superior y exámenes externos.
De otro lado, las intervenciones en todo el currículum fallan por su complejidad, pues requiere de una flexibilidad educativa, que no siempre está presente en los colegios, y de una facilidad educativa, que no siempre está disponible en la academia. Por ende, debido a que son responsabilidad de todos, se convierten en la responsabilidad de nadie.
Los experimentos son duraderos
La educación cívica en los colegios es, por tanto, una empresa en construcción. Parece que los enfoques informales relacionados con la vida en comunidad y con la organización social están progresando más, al igual que aquellos relacionados con las elecciones cuando la democracia está viva en la mente de las personas. En la medida en que la educación informal trata asuntos que son ignorados, segregados o que están por encima de la autoridad de los colegios, la educación cívica se convierte en una forma integradora de educación que reúne las habilidades requeridas para la vida cotidiana ofrecidas por la educación general y las pone a disposición de los adultos que intentan tener una participación completa dentro de la sociedad.
La educación universal sienta las bases para la construcción de las habilidades necesarias
En este sentido, es posible considerar las distintas formas en que la educación general puede sentar las bases para la educación cívica y cómo las habilidades de los ciudadanos pueden extraer su sustancia de la educación formal, siempre y cuando ésta se encuentre disponible.
La institucionalización de la educación cívica
Si es cierto que las personas aprenden de la experiencia, y si un gran número de personas participan en la vida política —no sólo en las sociedades democráticas sino también, y a pesar del costo personal, en las sociedades antidemocráticas— sin haber tenido el beneficio de la "educación cívica", entonces debe haber otras formas en que las personas están siendo educadas. Y de hecho las hay. El principal medio de enseñanza para la educación cívica ha sido y sigue siendo el proceso social. Donde este proceso es vital, y donde los que participan en él reflexionan acerca de la filosofía que hay detrás de sus luchas y de su práctica, se desarrollan los dirigentes, los ciudadanos participan activamente y las organizaciones se fortalecen.
Los educadores tal vez no puedan reproducir las condiciones sociales que conducen a la organización sindical, la organización de la comunidad cívica, y de la política conducida por medios democráticos. Pero pueden involucrar estos procesos sociales en formas que hacen más factible que las personas aprendan y se desarrollen. Esto sólo se puede hacer si los educadores están familiarizados de alguna manera con los azares de la vida política. Las organizaciones que combinan el activismo político con servicios educacionales, u organizaciones educativas que tienen una relación con aquellos que participan en asuntos sociales, o incluso los educadores empleados principalmente como capacitadores al interior de las organizaciones, tienen más probabilidades de garantizar que la educación cívica se lleve a cabo como algo intrínseco a través de la participación en los asuntos públicos y cambio social, que son las mejores de todas las posibles escuelas para la democracia.
Es posible que tales escuelas puedan ser creadas a través del desarrollo prudente de foros públicos, la vida en sociedad, y la actividad comunal. Aunque éstos podrían surgir espontáneamente, aquellos que están en el campo de la educación cívica también pueden estimularlos como parte de su propio programa. Debates públicos sobre asuntos de interés, por ejemplo, pueden proporcionar una oportunidad para que el público aprenda sobre la libertad de opinión, las reglas para debatir, el manejo de controversias, y rituales para la toma de decisiones, a pesar de que los que asisten no perciban ningún propósito educativo.
La participación como educación
En primer lugar, los educadores se regocijarán por el hecho de que los ciudadanos participen en la vida pública y de la comunidad, sin importar cuál sea el tema que los motive. Tan sólo la participación puede mejorar la comprensión de la gente sobre la vida política, pero sin un componente educativo y de reflexión en su activismo, esa comprensión puede ser limitada e inclusive errónea. El papel del educador con respecto a la participación en actividades políticas o cívicas es doble:
- aumentar la capacidad de la gente para participar en esa actividad política o cívica; y,
- desarrollar formas en que estas mismas personas puedan reflexionar y aprender de la experiencia de la actividad política o cívica.
Por supuesto, no hay garantía de que el resultado de la participación de los ciudadanos sea constructivo. Parece haber una serie de casos en los que las personas se desilusionan y deciden usar medios violentos y no democráticos para obtener sus fines políticos. En otros casos, las personas simplemente capitulan. Sin embargo, la evidencia sugiere que es posible para las personas comprometerse con los principios de la democracia y, aún en circunstancias en que no hay apoyo de la sociedad para este compromiso, participar en una actividad que aumenta su eficacia a medida que pasa el tiempo.
Este ha sido el caso en muchos países donde los movimientos sociales, a través de una confluencia de fuerzas no completamente de su propia creación, han establecido culturas de democracia y participación pública, que son generalmente admiradas. Estas culturas, sin embargo, no son necesariamente transportables, y las lecciones aprendidas en una sociedad sobre la manera de conseguir la democracia no siempre puede acomodarse en un país donde hay una constitución democrática, pero la buena gobernabilidad es el asunto de mayor interés.
El principio de animar a las personas a trabajar en conjunto para conseguir apoyo para su causa en un grupo distinto de socios potenciales y para elaborar códigos de conducta y de toma de decisiones que sean fundamentalmente democráticos, para entonces involucrar a quienes pudieran apoyar o inhibir el logro de sus objetivos sociales, contribuye a desarrollar tanto la virtud como el activismo políticos.
Campañas de educación pública
La mayoría de los países realizan campañas de educación pública que se ocupan de asuntos de género o de salud, del cuidado y uso del agua, del medio ambiente, del aseo de la ciudad, tabaco y otras. Estas campañas utilizan a veces los principios esbozados en Principios de la educación pública, pero no tienen necesariamente la intención primordial de promover la educación cívica per se.
Es difícil entender, sin embargo, cómo una campaña de educación pública puede no apoyar la educación cívica. Cuando se involucra la coordinación y la armonización de grandes grupos de ciudadanos, las organizaciones de la sociedad civil, o educadores, se está ya trabajando en el desarrollo de aptitudes cívicas. Cuando se preparan los mensajes, no se puede evitar el trato de asuntos de virtud cívica y responsabilidad ciudadana. Cuando se establecen los argumentos del caso, no se puede sino tratar cuestiones sociales y de organización social.
Los educadores comprometidos con los programas de apoyo a la democracia utilizarán campañas públicas de educación para hacer llegar mensajes cívicos y asegurar que adopten una visión más amplia. Por lo menos, se debe garantizar el que se puedan orientar los recursos de dichas campañas de forma tal manera que reduzcan la carga en los presupuestos de educación puramente cívica.
Por lo tanto, los educadores deberían identificar esas campañas y negociar las formas en que puedan hacer la labor de educación cívica. Para lograr esto, será útil el que los educadores cívicos estén conscientes de la importancia de la participación de todos para el éxito de la educación pública, y de la relevancia de las aptitudes y el entendimiento políticos para el desarrollo de un entorno dentro del cual la campaña pueda tener éxito.
Momentos de transición
Hay momentos en la historia de un país cuando el cambio es evidente. En esos momentos, la gente es más receptiva a los debates de la vida pública y de la participación política. Es probable que estén involucrados, o por lo menos preocupados por dicha situación, y es probable que expresen la necesidad de contar con educación, concientización o información. Esos momentos son raros, pero cuando ocurren le proporcionan al educador una oportunidad tangible.
Tal vez el momento de transición más regular en toda democracia es la elección, sobre todo la
elección en la que parezca probable que se producirá un cambio de gobierno. Esos momentos son tal vez la razón principal por la cual la educación electoral, a diferencia de la educación cívica, parezca tener la mayor parte de la atención y apoyos internacional y nacional. Pero en realidad, lo que ocurre es que la elección proporciona una excusa (y muy buena) para la educación cívica. Los asuntos de la elección y las decisiones que se tienen que tomar son palpables, el discurso público es mayor, y las oportunidades para la educación, sobre todo a nivel informal, más patentes.
Hay otros momentos, sin embargo, que los educadores deben ser capaces de reconocer y de aprovecharlos. En los países grandes, donde la cuestión nacional de la democracia constitucional ya ha sido resuelta, estos momentos pueden ser más fáciles de encontrar en el ámbito local. Y no es de extrañar que la educación cívica esté cada vez más vinculada a cuestiones de democracia y gobierno local. Por otro lado, puede ser que, además de los gobiernos locales, los gobiernos regionales o las asociaciones económicas proporcionen la próxima meta de transición de la educación cívica para muchos países.
Labor pública
Hay un número creciente de experimentos, particularmente en las universidades, pero también en algunos sistemas de educación y en escuelas individuales, para desarrollar programas de apoyo para el aprendizaje. Estos son normalmente diseñados como una combinación de enseñanza en aula y de actividad voluntaria en organizaciones de servicios y de asistencia social. Dado que los que participan son estudiantes a tiempo completo llevados por las necesidades del año educativo, las opciones de servicio ofrecidas, de las que se pretende sacar lecciones tienden a ser esporádicas y periódicas, organizadas no por los estudiantes, sino por la institución educativa y la institución receptora.
Con la movilidad creciente de los jóvenes, especialmente en el hemisferio norte, el voluntariado durante las vacaciones se ha convertido en una actividad a gran escala, y estos programas de prácticas, de voluntarios y de becas van involucrando cada vez más a los jóvenes en el trabajo para el desarrollo y de servicio social, a menudo, pero no siempre, en un país en vías de desarrollo.
El valor de lo anterior es limitado en alcance —muy pocas personas pueden participar— y el nivel de aprendizaje se ve limitado por el compromiso de la persona y de las instituciones de origen y receptoras.
Sin embargo, se ha iniciado un movimiento que recluta a grupos de jóvenes con un avalador adulto para participar en labores públicas —el esfuerzo cooperativo para mejorar su propia sociedad, centrándose en problemas reales mediante el diseño e implementación de soluciones reales. Esto se hace a través de la estructuración del análisis social, transfiriendo aptitudes organizativas y políticas durante el proceso de resolución de problemas, y estimulando a los jóvenes para que realicen acciones constructivas durante un determinado período.
Normalmente esos grupos de labor pública, ya en funcionamiento en los EE.UU., Sudáfrica e Irlanda, se reúnen durante sus tiempos libres, seleccionan problemas de sus propias comunidades, colaboran con organismos de los gobiernos locales que tienen recursos y poder, y construyen alianzas con otros grupos de la comunidad que tienen un interés común en la solución del problema específico. Esto no es sólo un grupo de acción, ya que mientras realizan las actividades, los jóvenes aprenden cómo funciona el mundo y cómo se le puede cambiar, al tiempo que desarrollan un entendimiento cívico que puede ser transferido a otros aspectos de su vida y de su sociedad.
Plan nacional para la educación cívica
Hay una serie de intentos de crear un plan de estudios nacional para la educación cívica. Estos se desarrollan en el marco de la filosofía y la terminología educativa existente en cada sistema particular de educación —que establecen estándares, especifican los resultados, se basa el contenido en programas y libros de texto que ya están disponibles, y, en algunos casos más limitados, las normas de evaluación están ya dictadas.
Si se elige institucionalizar la educación cívica vía un plan de estudios a cargo de la autoridad educativa, se deben tener en cuenta: los resultados esperados, qué es lo que se va a enseñar y en dónde, los materiales de apoyo para los que imparten y para los que reciben el conocimiento, y la forma de evaluación.
También se tiene que decidir si dicho plan de estudios implicará la incorporación de contenidos a las materias que ya se imparten, o si será objeto de estudio aparte, en cuyo caso, habrá que preguntarse cómo es que se relacionará con las demás áreas de estudio dadas las superposiciones y duplicidades.
Los principales obstáculos para el desarrollo de un plan de estudios nacional no están relacionados con el tema, aunque hay una serie de desafíos en este sentido que se indican en otras secciones. Se trata más bien de encontrar el tiempo y espacio necesarios, en la formación y el apoyo a los educadores, y en la evaluación de los alumnos.
Educación formal
Existe una relación directa entre la universalidad de la educación básica y la democratización. Algunos han argumentado que las personas instruidas, y con conocimientos básicos de matemáticas y ciencias, son catalizadores para la expansión de la democracia. Otros, al analizar la sustentabilidad de la democracia han insistido en que sólo se puede lograr si a quienes obtienen el derecho al voto se les dota de educación básica estandarizada.
Históricamente, se ha asumido que, con la excepción de una variedad de asignaturas opcionales diseñadas para instruir a los alumnos acerca de las estructuras sociales y políticas, la educación cívica está implícita en el acto de educar. En algunas escuelas experimentales muy publicitadas, se han creado micro-sociedades para garantizar que el aprendizaje del aula se complemente con la experiencia de una institución de auto-gobierno.
Pero en general, conforme las escuelas se fueron institucionalizando, los planes de estudio se especializaron y se percibió a la sociedad como más compleja, la educación cívica, o una variante de éste término, se convirtió en un tema que compite por un espacio en la jornada escolar.
La mayoría de estas asignaturas han sido degradadas y desacreditadas, no necesariamente a causa de su contenido, aunque el creciente desajuste entre el contenido y la experiencia de vida del estudiante tienen un impacto, sino porque son consideradas como menos importantes, tanto por los profesores como por los estudiantes, en comparación con las asignaturas verificables del plan de estudios —idiomas, matemáticas y ciencias, y otras asignaturas básicas.
Para contrarrestar esto, la educación cívica ha sido incorporada en la vida de los colegios mediante actividades extra-curriculares como las elecciones estudiantiles, la auto-gestión de sociedades extra-muros, y comités de padres, alumnos y profesores. Especialistas en distintas materias han sido alentados a introducir los conceptos de educación cívica en sus respectivos campos, identificándolos e incorporándolos a la historia, los idiomas, el arte y el drama, la sociología y la economía, la administración de negocios y las habilidades para la vida.
Existe cierta controversia acerca del papel de la escuela en la educación cívica. Puede ser vista como demasiado política y, por lo tanto, dar lugar a conflictos y partidismos. Por otra parte, las comunidades pueden no querer escuelas administradas por el Estado que por interfieran en la formación política de sus hijos, temiendo que sea una forma de propaganda o de sociabilización en contradicción con los valores y compromisos de esa comunidad.
En ese sentido, la educación cívica tiene algunos paralelismos con los actuales debates sobre el papel de la religión o la educación religiosa en las escuelas. Sin embargo, en sociedades democráticas donde los ciudadanos han establecido un sistema nacional de escuelas cuyos fondos provienen de sus impuestos, hay una expectativa de que, como fue ambicionada originalmente cuando la educación universal era promovida, las escuelas promuevan el desarrollo de ciudadanos responsables.
Un considerable trabajo ha venido realizándose recientemente en los Estados Unidos de América en el desarrollo de un plan de estudios estandarizado y en el intento de conseguir que se imparta —a veces como una alternativa más para el módulo general de la ciencia política. En suma, se han enfocado en tres componentes y una metodología imperativa:
- Conocimiento cívico esencial, incluyendo el desarrollo de una democracia constitucional y sus principios;
- Habilidades cívicas esenciales, incluyendo habilidades intelectuales y de participación y su puesta práctica; y,
- Virtudes cívicas esenciales, como los rasgos de responsabilidad y el respeto por los otros.
Un imperativo de esto es el profesor democrático, imbuido con un compromiso con que el ambiente del aula sea compatible con la teoría y la práctica de la democracia y la libertad.
En Sudáfrica, un extenso programa de valores y educación ha sido desarrollado e institucionalizado en el departamento nacional de educación para preservar, promover y extender la democracia constitucional establecida en 1994.
En la transición de los estados de Europa del Este hacia la independencia, la democracia y, en algunos casos, la adhesión a la Unión Europea, la educación cívica a través del sistema escolar existente o en paralelo, mediante instituciones y procesos educativos no formales, han sido una de las más tempranas formas de capacitación democrática hechas por la comunidad internacional.
Educación no formal
Algunos países han introducido un plan de estudios nacional para la educación cívica que ha sido distribuido usando métodos de educación no formales. Una amplia gama de organizaciones e instituciones han acordado, a través de un proceso de consulta o de dirección por un consejo de administración electoral o una institución similar, emitir un plan de estudios común.
Kenya es, en particular, un buen ejemplo de esto. Su plan de estudios
publicado fue preparado y emitido en el período anterior a las elecciones nacionales del 2002.
El plan de estudios fue elaborado tras un análisis de referencia nacional de las actitudes de los ciudadanos y sus necesidades educativas. Fue emitido por una coalición de 70 organizaciones no gubernamentales, coordinadas por una pequeña oficina de gestión del proyecto, y financiada por fondos de desarrollo internacional utilizados de manera conjunta. Los resultados de este proyecto han alentado a sus financiadores y participantes a planificar una segunda ronda de análisis.
Las demoras en la finalización de las reformas constitucionales, cuya redacción impulsó al primer análisis, han impactado en que la educación sea informal —y es un buen ejemplo de cómo programas de educación cívica electoral pueden ser acorralados por exigencias fuera de su control.
Malawi también ha operado un plan nacional de estudios, especialmente apropiado para sus circunstancias, impulsado mediante la Iniciativa Nacional para la Educación Cívica (NICE, por sus siglas en inglés). Fue diseñado por educadores y bibliotecas comunitarias organizadas únicamente por NICE, en lugar de una coalición como en Kenya.
En ambos casos, la iniciativa ha recibido apoyo nacional y legal a pesar de haber sido creado mediante un esfuerzo combinado de la comunidad internacional de donantes y la comunidad no gubernamental. Es difícil saber si un plan de estudios diferente hubiera sido creado, o siquiera si se hubiera intentado, si sólo hubiera habido dinero disponible para el sistema de educación nacional.
Cuando se desarrolla un plan de estudios para ser impartido de manera no convencional, se enfrentan problemas relativos a quién es responsable de su autoría y supervisión.
En Kenya se trató de superar por el estudio de referencia y el desarrollo de materiales impresos y publicados oficialmente antes de la puesta en marcha del programa. Además, los programas fueron emitidos como una campaña de duración determinada en un clima político propicio, en lugar de ser desarrollado como un plan de estudios estandarizado que fuera a ser impartido a lo largo de un periodo determinado.
En Uganda, dicho plan de estudio fue desarrollado por el organismo electoral a principios de los años noventa, y se pretendía que cualquier tentativa sobre educación cívica lo acatara.
Algunos países acreditan a las organizaciones y las dotan de materiales existentes. Otros, las acreditan y les permiten desarrollar sus propios materiales siguiendo una guía.
En Alemania, el desarrollo de material teórico y materiales de capacitación para el plan de estudios, aunque no es obligatorio, actúa como un regulador informal al alentar a otros a que utilicen lo que ya existe en lugar de desarrollar unos propios, con el ahorro que ello implica.
La educación no formal, por su propia naturaleza, se realiza en circunstancias diversas (surgen problemas de idioma, de adaptación de materiales y soporte audiovisual, del momento apropiado para la educación y en cuanto a los niveles de entrada e interés de los alumnos). Es impartida por una serie de educadores y facilitadores, y, a pesar de la posibilidad de cierta capacitación en cascada en el corto plazo, es inevitable que se aborden el programa con sus propios estilos y habilidades de enseñanza. Y finalmente, la educación no formal se hace a menudo casi sin previo aviso, lo que reduce la posibilidad de entregar materiales ya preparados.
Los costos de los planes de estudio de producción nacional, ya sean los de naturaleza limitada probados en algunos países o de carácter integral como el de Kenya, son elevados, y el desperdicio puede ser considerable. El riesgo que los materiales puedan perder rápidamente su relevancia y sean reemplazados por cursos de producción local se agrega al desperdicio.
La responsabilidad de la educación cívica entre las instituciones nacionales
Diversos departamentos de educación, cuerpos de administración electoral e instituciones legales han tenido la responsabilidad de la educación cívica. Como instituciones nacionales, pueden tener un mandato en el marco de uno mucho más general sobre derechos humanos, acuerdos constitucionales o desarrollo social.
También ha habido algunos consejos multi-sectoriales nacionales y foros establecidos a través de estatutos provisionales o asociación voluntaria.
Finalmente, hay manifestaciones domésticas de organizaciones internacionales y asociaciones.
Cada una de éstas tiene méritos y retos.
Si un país va a alentar y promover la educación cívica entonces es esencial que haya alguna organización que actúe como elemento de cohesión entre otros actores. Esto implica que estén en condiciones de ejercer algún poder o influencia —mediante la primacía legislativa, con la provisión de presupuesto o por su liderazgo intelectual. En la ausencia de esta ventaja, la educación cívica seguirá siendo fragmentada aún cuando se siga el modelo Alemán —véase más adelante. Esto podría no verse como un problema, e incluso podría ser considerado como apropiado para una sociedad democrática que fomente el que múltiples voces e instituciones interactúen para el fortalecimiento la sociedad —aunque introduce un cierto nivel de inercia institucional que hace difícil la innovación en tiempos de difíciles.
El modelo alemán
Alemania ha establecido una institución federal para politische bildung (educación para una ciudadanía democrática) que obtiene fondos federales que utiliza para sus propios programas y que se desembolsa a través de una cadena de fundaciones, centros regionales, y organizaciones no gubernamentales. Mediante el desarrollo de materiales educativos y por medio de los incentivos y controles que le permite la concesión de subvenciones, ha financiado a nivel nacional, sistemas de educación cívica democráticamente alineados y domésticamente efectivos en donde la educación formal, la educación no formal, las instituciones estatales y la sociedad civil jueguen un papel. Este sistema está tan profundamente arraigado al paso de más de medio siglo de existencia, que apenas y se le hace referencia en Alemania, y pasa inadvertido por quienes desarrollan modelos de educación cívica. Merece mucha más atención de la que recibe.
Instituciones nodales
La elección en cuanto a la institución nodal —un departamento de estado, una institución creada por mandato legal, como un organismo electoral o una comisión de derechos humanos, una universidad o un grupo de universidades o un foro nacional de educación cívica— será determinada por los países de manera individual. En algunos casos, esas instituciones pueden emerger como resultado de un conjunto particular de circunstancias. Como sea que suceda, la institución necesitará recursos para al menos participar involucrar otros actores y desarrollar alguna forma de programa nacional.
Los organismos electorales no son necesariamente las organizaciones apropiadas: tienen la demanda de las elecciones, que los limita en cuanto al personal y la necesidad de ser vigorosamente apartidistas. Las Comisiones de Derechos Humanos enfrentan problemas similares, aunque están habituadas a que se les “politice” y a lidiar con dichas situaciones. En Sudáfrica, la Corte Constitucional está desarrollando un mandato educativo y su sitio ha atraído y seguirá atrayendo a los que se dedican a la promoción de la democracia y a la educación cívica.
Debido a la importancia de que la educación cívica no sea vista simplemente como una actividad destinada a proteger un Estado y a beneficiar a determinado gobierno, sino más bien como una de apoyo al sistema democrático, las instituciones nodales que formen parte del gobierno podrían ser vistas con cierta sospecha, incluso en el mejor de los casos. Alguna forma de sociedad entre instituciones gubernamentales y organizaciones no gubernamentales puede ser preferible, por lo que consejos nacionales debieran ser considerados.
Educación popular
En todo el mundo, los movimientos de educación popular vinculados a la democratización o a la vida en comunidad han sido establecidos de acuerdo a planes de estudio autónomos y locales. A menudo se ejecutan sobre la dinámica maestro-estudiante, donde los maestros son personas de una posición peculiar en la comunidad. Van desde lo que se llama “escuelas de iniciación” en partes de África, pasando por escuelas religiosas que son usuales en comunidades judías e islámicas, hasta escuelas asociadas con sindicatos de trabajadores y movimientos sociales o políticos particulares. Recientemente, las organizaciones de la sociedad civil han desarrollado formas de consolidar sus varios programas educativos a corto plazo en componentes residenciales más extensos bajo la premisa de que tendrán impacto a más largo plazo.
Algunos de los más recientes hacen recordar un movimiento en particular, cuyos protagonistas consideran haber tenido un impacto significativo en el desarrollo de la democracia en los países escandinavos. Hay una continua promoción de estas ideas, y de las instituciones populares que la apoyan, en los países en desarrollo. Es útil, por lo tanto, analizar el modelo de educación popular de tal vez mayor duración e institucionalización de todos los asociados directamente con la democracia.
La primera escuela popular abrió sus puertas en Dinamarca en 1844 a instancias de Nikolaj Grundtyig, y estas “escuelas para la vida” organizadas alrededor de un solo profesor, un hogar y una pequeña comunidad de estudiantes internados, rápidamente se convirtió parte de la vida democrática de los países nórdicos.
En la actualidad hay escuelas en varios países que están firmemente basadas en los principios de Grundtyig, y otras que, aunque mantienen el nombre de escuela popular o escuela superior popular, han evolucionado en gran medida como instituciones de formación profesional con cierta inclinación hacia la naturaleza política del trabajo y hacia una firme relación con el gobierno en la ciudad o región donde se encuentren.
En sus primeras manifestaciones había una relación directa entre la democratización de las sociedades nórdicas y las escuelas populares. Las segundas estaban planeadas para “avivar e instruir, pero primero y más importante para avivar” (Christen Kold, 1866), e insistieron en controlar su propio plan de estudios en un momento cuando la educación formal en general se extendía lentamente y sin un impacto inmediato en las clases trabajadora y campesina.
Con el tiempo, las escuelas superiores populares desarrollaron un nicho social particular en momentos en que los individuos se familiarizaban con su situación y exploraban su nuevo rol en la sociedad, queriendo desarrollar una nueva habilidad, o entrando a una nueva fase en su vida. Existe un interés particular por las personas con necesidades de educación especial y en las comunidades de inmigrantes. Diferentes escuelas populares tienen diferentes especialidades e intereses, pero todas ellas operan de acuerdo a una ética descrita recientemente por el director de la Escuela Superior Popular Alma en Suecia como:
- una educación gratuita y liberal para adultos
- que sea voluntaria e informal, aunque impartida a través de una institución formal
- que las instituciones operen bajo la premisa de que todos los ciudadanos son libres e independientes y que tienen derecho a participar en todos los aspectos de la sociedad emocrática
- que se creen las condiciones en que las personas persiguan lilbremente el conocimiento
- que se estimule la curiosidad y el pensamiento critico
Las primeras escuelas populares alentaron el canto, el uso del lenguaje común, y el entendimiento de la política y la vida pública. Esta educación es de provecho holístico, pero no es de utilidad desde la óptica de que no sólo se centra en habilidades de trabajo o en la superación de exámenes. Muy pronto estos principios fueron adoptados por el movimiento obrero así como por las escuelas, y el movimiento de las escuelas populares hoy en día todavía tiene aceptación social y apoyo a pesar de la educación formal universal.
El movimiento de las escuelas populares está relacionado con el de los círculos de estudio, que implica que grupos autodidactas de adultos que se reúnen periódicamente para aprender una destreza o estudio de una cuestión o tema se organizan alrededor de un animador. Estos círculos de estudio fomentan la auto-gestión, el aprendizaje permanente y el obtenido en particular de los demás en un contexto de colaboración y de igualdad. Los círculos de estudio, por lo tanto, proporcionan oportunidades eficaces y de bajo costo para la educación adulta y el desarrollo del capital social.
Países en desarrollo (entre ellos Tanzania y Sudáfrica) están experimentando con los círculos de estudio y escuelas populares debido al evidente impacto que éstas han tenido en la calidad de vida y la democracia en los países nórdicos.
Procesos sociales
Si es cierto que las personas aprenden de la experiencia, y si un gran número de personas participan en la vida política —no sólo en las sociedades democráticas sino también, y a pesar del costo personal, en las sociedades antidemocráticas— sin haber tenido el beneficio de la "educación cívica", entonces debe haber otras formas en que las personas están siendo educadas. Y de hecho las hay. El principal medio de enseñanza para la educación cívica ha sido y sigue siendo el proceso social. Donde este proceso es vital, y donde los que participan en él reflexionan acerca de la filosofía que hay detrás de sus luchas y de su práctica, se desarrollan los dirigentes, los ciudadanos participan activamente y las organizaciones se fortalecen.
Los educadores tal vez no puedan reproducir las condiciones sociales que conducen a la organización sindical, la organización de la comunidad cívica, y de la política conducida por medios democráticos. Pero pueden involucrar estos procesos sociales en formas que hacen más factible que las personas aprendan y se desarrollen. Esto sólo se puede hacer si los educadores están familiarizados de alguna manera con los azares de la vida política. Las organizaciones que combinan el activismo político con servicios educacionales, u organizaciones educativas que tienen una relación con aquellos que participan en asuntos sociales, o incluso los educadores empleados principalmente como capacitadores al interior de las organizaciones, tienen más probabilidades de garantizar que la educación cívica se lleve a cabo como algo intrínseco a través de la participación en los asuntos públicos y cambio social, que son las mejores de todas las posibles escuelas para la democracia.
Es posible que tales escuelas puedan ser creadas a través del desarrollo prudente de foros públicos, la vida en sociedad, y la actividad comunal. Aunque éstos podrían surgir espontáneamente, aquellos que están en el campo de la educación cívica también pueden estimularlos como parte de su propio programa. Debates públicos sobre asuntos de interés, por ejemplo, pueden proporcionar una oportunidad para que el público aprenda sobre la libertad de opinión, las reglas para debatir, el manejo de controversias, y rituales para la toma de decisiones, a pesar de que los que asisten no perciban ningún propósito educativo.
En primer lugar, los educadores se regocijarán por el hecho de que los ciudadanos participen en la vida pública y de la comunidad, sin importar cuál sea el tema que los motive. Tan sólo la participación puede mejorar la comprensión de la gente sobre la vida política, pero sin un componente educativo y de reflexión en su activismo, esa comprensión puede ser limitada e inclusive errónea. El papel del educador con respecto a la participación en actividades políticas o cívicas es doble:
- aumentar la capacidad de la gente para participar en esa actividad política o cívica; y,
- desarrollar formas en que estas mismas personas puedan reflexionar y aprender de la experiencia de la actividad política o cívica.
Por supuesto, no hay garantía de que el resultado de la participación de los ciudadanos sea constructivo. Parece haber una serie de casos en los que las personas se desilusionan y deciden usar medios violentos y no democráticos para obtener sus fines políticos. En otros casos, las personas simplemente capitulan. Sin embargo, la evidencia sugiere que es posible para las personas comprometerse con los principios de la democracia y, aún en circunstancias en que no hay apoyo de la sociedad para este compromiso, participar en una actividad que aumenta su eficacia a medida que pasa el tiempo.
Este ha sido el caso en muchos países donde los movimientos sociales, a través de una confluencia de fuerzas no completamente de su propia creación, han establecido culturas de democracia y participación pública, que son generalmente admiradas. Estas culturas, sin embargo, no son necesariamente transportables, y las lecciones aprendidas en una sociedad sobre la manera de conseguir la democracia no siempre puede acomodarse en un país donde hay una constitución democrática, pero la buena gobernabilidad es el asunto de mayor interés.
El principio de animar a las personas a trabajar en conjunto para conseguir apoyo para su causa en un grupo distinto de socios potenciales y para elaborar códigos de conducta y de toma de decisiones que sean fundamentalmente democráticos, para entonces involucrar a quienes pudieran apoyar o inhibir el logro de sus objetivos sociales, contribuye a desarrollar tanto la virtud como el activismo políticos.
Campañas de educación pública
La mayoría de los países realizan campañas de educación pública que se ocupan de asuntos de género o de salud, del cuidado y uso del agua, del medio ambiente, del aseo de la ciudad, tabaco y otras. Estas campañas utilizan a veces los principios esbozados en Principios de la educación pública, pero no tienen necesariamente la intención primordial de promover la educación cívica per se.
Es difícil entender, sin embargo, cómo una campaña de educación pública puede no apoyar la educación cívica. Cuando se involucra la coordinación y la armonización de grandes grupos de ciudadanos, las organizaciones de la sociedad civil, o educadores, se está ya trabajando en el desarrollo de aptitudes cívicas. Cuando se preparan los mensajes, no se puede evitar el trato de asuntos de virtud cívica y responsabilidad ciudadana. Cuando se establecen los argumentos del caso, no se puede sino tratar cuestiones sociales y de organización social.
Los educadores comprometidos con los programas de apoyo a la democracia utilizarán campañas públicas de educación para hacer llegar mensajes cívicos y asegurar que adopten una visión más amplia. Por lo menos, se debe garantizar el que se puedan orientar los recursos de dichas campañas de forma tal manera que reduzcan la carga en los presupuestos de educación puramente cívica.
Por lo tanto, los educadores deberían identificar esas campañas y negociar las formas en que puedan hacer la labor de educación cívica. Para lograr esto, será útil el que los educadores cívicos estén conscientes de la importancia de la participación de todos para el éxito de la educación pública, y de la relevancia de las aptitudes y el entendimiento políticos para el desarrollo de un entorno dentro del cual la campaña pueda tener éxito.
Momentos de transición
Hay momentos en la historia de un país cuando el cambio es evidente. En esos momentos, la gente es más receptiva a los debates de la vida pública y de la participación política. Es probable que estén involucrados, o por lo menos preocupados por dicha situación, y es probable que expresen la necesidad de contar con educación, concientización o información. Esos momentos son raros, pero cuando ocurren le proporcionan al educador una oportunidad tangible.
Tal vez el momento de transición más regular en toda democracia es la elección, sobre todo la elección en la que parezca probable que se producirá un cambio de gobierno. Esos momentos son tal vez la razón principal por la cual la educación electoral, a diferencia de la educación cívica, parezca tener la mayor parte de la atención y apoyos internacional y nacional. Pero en realidad, lo que ocurre es que la elección proporciona una excusa (y muy buena) para la educación cívica. Los asuntos de la elección y las decisiones que se tienen que tomar son palpables, el discurso público es mayor, y las oportunidades para la educación, sobre todo a nivel informal, más patentes.
Hay otros momentos, sin embargo, que los educadores deben ser capaces de reconocer y de aprovecharlos. En los países grandes, donde la cuestión nacional de la democracia constitucional ya ha sido resuelta, estos momentos pueden ser más fáciles de encontrar en el ámbito local. Y no es de extrañar que la educación cívica esté cada vez más vinculada a cuestiones de democracia y gobierno local. Por otro lado, puede ser que, además de los gobiernos locales, los gobiernos regionales o las asociaciones económicas proporcionen la próxima meta de transición de la educación cívica para muchos países.
Labor pública
Hay un número creciente de experimentos, particularmente en las universidades, pero también en algunos sistemas de educación y en escuelas individuales, para desarrollar programas de apoyo para el aprendizaje. Estos son normalmente diseñados como una combinación de enseñanza en aula y de actividad voluntaria en organizaciones de servicios y de asistencia social. Dado que los que participan son estudiantes a tiempo completo llevados por las necesidades del año educativo, las opciones de servicio ofrecidas, de las que se pretende sacar lecciones tienden a ser esporádicas y periódicas, organizadas no por los estudiantes, sino por la institución educativa y la institución receptora.
Con la movilidad creciente de los jóvenes, especialmente en el hemisferio norte, el voluntariado durante las vacaciones se ha convertido en una actividad a gran escala, y estos programas de prácticas, de voluntarios y de becas van involucrando cada vez más a los jóvenes en el trabajo para el desarrollo y de servicio social, a menudo, pero no siempre, en un país en vías de desarrollo.
El valor de lo anterior es limitado en alcance —muy pocas personas pueden participar— y el nivel de aprendizaje se ve limitado por el compromiso de la persona y de las instituciones de origen y receptoras.
Sin embargo, se ha iniciado un movimiento que recluta a grupos de jóvenes con un avalador adulto para participar en labores públicas —el esfuerzo cooperativo para mejorar su propia sociedad, centrándose en problemas reales mediante el diseño e implementación de soluciones reales. Esto se hace a través de la estructuración del análisis social, transfiriendo aptitudes organizativas y políticas durante el proceso de resolución de problemas, y estimulando a los jóvenes para que realicen acciones constructivas durante un determinado período.
Normalmente esos grupos de labor pública, ya en funcionamiento en los EE.UU., Sudáfrica e Irlanda, se reúnen durante sus tiempos libres, seleccionan problemas de sus propias comunidades, colaboran con organismos de los gobiernos locales que tienen recursos y poder, y construyen alianzas con otros grupos de la comunidad que tienen un interés común en la solución del problema específico. Esto no es sólo un grupo de acción, ya que mientras realizan las actividades, los jóvenes aprenden cómo funciona el mundo y cómo se le puede cambiar, al tiempo que desarrollan un entendimiento cívico que puede ser transferido a otros aspectos de su vida y de su sociedad.